Shelley, Jaime Augusto
La Mosca Muerta 5
Poesía, 2001, 76 pp.
ISBN 968-5395-05-5
Jaime Augusto Shelley
JAIME AUGUSTO SHELLEY nació el 7 de agosto de 1937, en México, D.F. Estudió Filosofía y Letras en la UNAM, y Antropología en la Universidad Veracruzana. Fue parte del grupo La espiga amotinada, junto con Jaime Labastida, Óscar Oliva, Juan Bañuelos y Heraclio Zepeda. Dirigió las revistas La palabra y el hombre de la UV y Otro cine. Fue coordinador de Artes plásticas en el INBA; inspector de la Dirección General de Cinematografía; coordinador de Actividades literarias de la Casa del Lago; asesor editorial de la Subsecretaría de Cultura de la SEP; subdirector de Teatro del INBA y miembro del Sistema Nacional de Creadores del CONACULTA. Es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e imparte clases en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha colaborado en los diarios y revistas más importantes del país. Fue coordinador de la colección Cuadernos de la memoria de la Dirección de Difusión Cultural de la UAM. Coordina en la actualidad la colecciónLa piel de Judas de Plan C editores.
Entre su obra publicada destaca en poesía: "La rueda y el eco", en La espiga amotinada (1960), La gran escala (1961), Canción de las ciudades (1963). "Hierro nocturno", en Ocupación de la palabra (1965). Hierofante (1966), Himno a la impaciencia (1971), Por definición (1975), Ávidos rebaños (1980), Victoria (1983), Girasol de urgencias (1987), Horas ciegas (1987), el Material de lectura de la UNAM: Poesías (1987), Patria amaneciendo (1995), Patria prometida (1996), Herencia de hombre libre (2000),y el fonograma Jaime Augusto Shelley (UNAM, 1990). Ha publicado también teatro y ensayo.
Concierto para un hombre solo es una muestra poderosa de la vigencia de la poesía como un puente entre épocas y sociedades.
Mientras la literatura de consumo apuesta por la desintegración del género, por el endiosamiento de la vulgaridad o el mero insulto, Jaime Augusto Shelley se rebela contra una sociedad conformista, contra la miseria de la autocomplacencia y la mediocridad en una poesía que muestra con todo vigor que hay aún quien sabe velar las armas homéricas, quien aún conoce la virtud de las alianzas entre la música y el poema, y quien todavía es capaz de definir con sabiduría y deslumbrante claridad qué es un poema y cómo se escribe la poesía.
Para ello, Shelley se vale de las formas musicales más clásicas del occidente: desde la suite y el pasacalle o el madrigal hasta la gymnopedia, el dúo y la contradanza, por citar algunas de las fases de este concierto. Pueden contemplarse, de este modo, emociones, circunstancias e impresiones donde se corresponden con la poesía y con la música nuestros modos de ser cotidanos, nuestras aspiraciones y nuestros defectos —tanto con humor o con filosa ironía, como con coraje y pasión— para deslumbrarse finalmente con un espectáculo que para cumplirse sólo necesita del cómplice lector, de la cómplice lectora.
