Atlántica y El Rústico




Atlántica y El Rústico /Atlantique et El Rústico
  • Atlántica y El Rústico / Atlantique et El Rústico



  • María Baranda

     María Baranda nació en la ciudad de México en 1962. Poeta, narradora y traductora. Estudió psicología en la UNAM. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, lituano y alemán. Ha colaborado en de Casa del Tiempo, La Gaceta del FCE, Revista Universidad de México y Vuelta.

     Ha obtenido como reconocimientos: el Premio Nacional de Poesía "Efraín Huerta" 1995 por Los memoriosos; el Premio Internacional de Poesía "Villa de Madrid", 1998, con Moradas imposibles; y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2002, por Dylan y las ballenas. Fue becaria del FONCA en sus programas Jóvenes Creadores (poesía), en 1990 y 1995; y del FONCA/Rockefeller (ensayo) en 1997. Perteneció al Sistema Nacional de Creadores Artísticos de Fonca-Conaculta1999-2005.

     Entre otros, es autora de los poemarios: El jardín de los encantamientos. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1990. Fábula de los perdidos. México, Ediciones del Equilibrista, 1990. Ficción de cielo. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1995. Los memoriosos. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1995. Moradas imposibles. México, Ediciones Sin Nombre/ Juan Pablos Editor, 1998. Nadie, los ojos. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999. Atlántica y el rústico. México, FCE, 2002. Dylan y las ballenas. México, Joaquín Mortiz, 2003. Ávido mundo, Ediciones Sin Nombre, 2005. Ficticia, Calamus / CONACULTA / INBA, 2006. El presente volumen es una selección de Atlántica y el Rústico.


    Un poema de Atlántica y El Rústico



    1.

    Mi Amigo es de la tribu de los hombres solos.

    Ve el mar. Mira su cinta sílex, su oscura bolsa varonil.

    Lo admira.


    Vive en el Arboritum de las cosas simples. Sabe el origen de lo epidérmico,

    el número de vértebras de las serpientes, el tronco descastado de los pipirigallos

    y las formas incomprensibles de los ranúnculos. Señala siempre el vértigo capilar de la palabra mar.


    Busca en mapas Las Indias, sus frescos álamos de tinta.


    Su juego es el látigo que lo consuela, lo provoca y lo pone profético a girar.


    Mi Amigo ve el mar, su quemazón en la tiniebla,

    su leche consumida, su labio terminado en ojo.

    Su infancia, luz perdida entre las patas de un arácnido,

    una herida abierta a la piedad. Pasto amargo y la ceniza.


    Su oficio, fósil flor que lo despeña cuando tiembla, su paso lapidado

    hacia nosotros, ¡niños que no sabemos recordar!


    ¿Celda branquial,

    opérculo? ¿El Sol un buche gástrico,

    la Luna un ácido en su cuerpo?


    Mi Amigo dice el mar altivo y confidente, salaz

    en su extensión con mil plumas de elegía

    con mil pájaros que lo recorren y aparecen

    y vuelven siempre a aparecer.


    Su vida: un órgano en reserva, una sustancia adventicia.

    Mi Amigo se tiende improvisado, frugal.


    Una raíz se hace por sus barbas, le crece el mar y su humareda, su rápida

    sonrisa de adivino con cien máscaras de bronce, abismal.


    Se designa en el género del Felis. Catafalco, colmenar, se llama

    indistintamente: Felis catus, Felis pardus, Felis tigris, Felis mar.


    Su vida empieza con el cálculo de la aventura, con el último errar

    de la embriogenia. Pifa y lanza piedras a la orquesta

    de pájaros acuáticos que lo molestan.


    Para mi Amigo la palabra amor no tiene anatomía, no conoce ahí tipo animal. Su cuerpo es una materia córnea,

    calcárea, donde alisa el verbo, se enracima y comienza un sueño.


    Soñé, me dijo, que había flores sin albura, de un solo corazón

    abierto. Los radiolarios con sus cuerpos melancólicos vertían sobre ellas

    la constancia del agua, como una especie de boca nocturna

    en el frescor de sus sentidos.


    ¡Libéluas! El cuerpo, la simbiosis en la nudosidad de las leguminosas.

    De las plantas -piensa- el muérdago chupador, las humícolas.


    Mi Amigo habla ahora de microbios. Su ojo, dice, es una vibración tan luminosa,

    que no hay oído de por medio, no hay ventana oval para un secreto.

    Yo podría ser un Miembro Superior de aquella especie, un ciliar.


    Se hace una cura con una flor de púrpura y una yerba semejante

    a sus testículos. Sabe que eso le quitará el encendimiento.


    Los rayos de la luz ya están gastados. Mi Amigo deja el cuerpo, se abraza

    como un gallo a los pedúnculos. Se frota el cuero con la lengua.


    A veces lo profundo es un viso de luz en sus entrañas.


    Mi Amigo ahora está en el limbo dividido: tiene una escotadura

    y una dentada. Pronuncia la sangre que procura, sus sílabas ventrales, sus escamas.

    Animal para él significa una penumbra.

    La espora de su sed es el fuego que lo cruza.


    Su cuerpo es el del hombre solo.

    Su tribu, una larva.



    Plan C editores